Aprendizaje por proyectos en Tecnología - CD15
En sus manos 3 - Actividades

Más abajo se transcribe una disertación de Santiago Kovadloff que tiene, además de su valor general, varios aspectos interesantes para nuestra tarea.

En el inicio, plantea una reflexión de Oscar Wilde realizada a principios del siglo pasado, que es un problema absolutamente actual por la invasión de la telefonía celular y lo que hacemos las personas con la artificialidad que nos rodea.

Cuando en su charla hace referencia a la tecnología, supera los límites del título del panel y pone en el centro de la cuestión al hombre y sus formas de acción, antes que la cultura digital, que parece ser más un eslogan que un concepto.

Kovadloff introduce la temática en una estructura de valores, recorre momentos históricos para resaltarlos y aporta algunas anécdotas deliciosas que invitan a pensar en lo que hacemos con los recursos que tenemos a disposición y cómo reaccionamos frente a ellos.

En el orden de los problemas, expone en un momento: "Argentina tiene problemas graves, pero no sé si tiene problemas interesantes". Se plantea hasta dónde estamos dispuestos a abandonar las seguridades del pasado y formula una afirmación inquietante: "es altamente infrecuente tener una idea". Se interroga sobre la relación del hombre con la naturaleza, la duración de las cosas y de la vida humana y formula multitud de apreciaciones, cada una más movilizadora que la otra.

En todos los casos, estas son cuestiones que debieran considerar quienes se dedican a la educación técnica y tecnológica, más allá de los niveles educativos y las especialidades. Lo que subyace en las reflexiones del autor es la observación de las relaciones entre el hombre y la artificialidad que lo rodea y cuáles son las consecuencias (pasadas, actuales y futuras) de la ubicación intelectual que adopta el hombre en esa relación.

EDUCARED. Segundo Congreso Iberoamericano de Educación y Nuevas Tecnologías. Buenos Aires 30 de junio al 2 de julio 2005.

Quisiera primeramente y a modo de acápite contarles una anécdota. Al parecer, cuando Oscar Wilde llegó por primera vez a Nueva York fue recibido en el puerto por una muchedumbre de admiradores entre los cuales había un grupo de empresarios. Ese grupo de empresarios lo homenajeó con un ramo de flores y lo invitó a pasar, allí mismo, en el puerto, a un saloncito contiguo al lugar donde inicialmente había sido recibido, porque querían mostrarle un aparato inédito. El aparato era una caja de madera que estaba empotrada en la pared, tenía dos sostenes de metal en la parte posterior y un tubo acostado en los sostenes, una manivela sobre el lado derecho y un disco en el centro donde se veían los números del 0 al 1, desde el 9 hacia abajo. Le explicaron que si él levantaba ese tubo, se lo ponía en el oído, movía la manivela y discaba, en menos de un minuto estaba hablando con Boston. Esto, le dijeron, se llama teléfono. Wilde se quedó pensativo y al rato dijo: "Y dígame, ¿hablando de qué?".


Esta es tal vez la cuestión que a mí me interesaría enfatizar en las pocas palabras que voy a decir hoy. Nos podemos comunicar, objetivamente es indiscutible. Veamos en qué medida somos capaces de aprovechar esas posibilidades extraordinarias que nos brinda el desarrollo de la tecnología para ser más o menos sujetos.

Los avances digitales y biotecnológicos de los últimos treinta años han demostrado ser la principal fuente de riqueza de las economías más dinámicas y más competitivas, pero lo cierto es que nuestro país no logró dar el salto. El tránsito a la sociedad del conocimiento desde la sociedad productora de materias primas exportables hubiera significado para nosotros el pasaje del siglo XX al siglo XXI. Por no haber cumplido este pasaje, por no haber podido cumplir este pasaje seguimos estando en términos de dilemas irresueltos más cerca del siglo XIX que del XXI. La nuestra es una sociedad integrada, en el mejor de los casos, por sectores consumidores de los avances digitales y biotecnológicos, pero no es todavía una sociedad del conocimiento.

La sociedad del conocimiento exige algo más que consumidores; exige, presumo, ciudadanos, y estos sólo pueden ser provistos por sistemas políticos y educativos capaces de abrirse a lo complejo con sensibilidad democrática. De aquí que también podamos preguntarnos si las sociedades llamadas desarrolladas, aun contando en el orden de los avances digitales y biotecnológicos con pruebas rotundas de progreso, son o no son sociedades que cuentan con niveles sólidos de ciudadanía. Buscar el equilibrio entre las partes y el todo que da forma a la armonía social es precisamente uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo.

Yo creo que las naciones interesantes son las que tienen capacidad de renovar su repertorio problemático. Argentina tiene problemas graves, pero no sé si tiene problemas interesantes. Alfred North Whitehead, un pensador inglés, escribió: "Un pueblo preserva su vigor siempre que establezca una sustancial diferencia entre lo que ha sido y lo que puede y quiere ser y siempre que lo anime la fuerza de aventurarse más allá de las seguridades del pasado. Sin aventura -añade- la sociedad entra en plena decadencia". Se progresa al resolver problemas que permiten plantear nuevas incógnitas, no se progresa solamente cuando se resuelven problemas. El signo distintivo del progreso es la aparición de problemas inéditos.

El desarrollo ha generado conflictos desconocidos y es indispensable entenderlo para situarse ante los desafíos de la contemporaneidad con alguna posibilidad de éxito. En la base de esta sociedad tecnológica en la que nos toca vivir hay por lo menos tres desafíos cuya consideración me parecería interesante realizar aquí a la hora de plantearnos el ingreso a la sociedad del conocimiento y los términos en que podríamos hacerlo. Esos tres dilemas acerca de los cuales quisiera hablarles atañen a la contemporaneidad. La contemporaneidad no es un atributo cronológico, no se pertenece a un siglo por el hecho de haber nacido en él. Se es un hombre o una mujer del siglo XX en virtud de los méritos que se reúnen para poder pertenecer protagónicamente a una época. Esto es bueno recordarlo, porque a veces nos jactamos con demasiada espontaneidad de ser hombres y mujeres del siglo XXI y habría que ver si es cierto. Cuando hacemos un análisis somero de los recursos, de las categorías con las que solemos pensar, en realidad descubrimos, no sin terror, que estamos siendo pensados por conceptos que no hemos reconsiderado críticamente y que abusamos del verbo y decimos en la primera persona del singular "yo pienso que...", cuando es altamente infrecuente tener una idea.

Por eso creo que el esfuerzo por ganar contemporaneidad debe ser tenido en cuenta a la hora de preguntarnos qué vamos a hacer con todos estos recursos que día a día están por lo menos en el orden objetivo a disposición de nosotros, aun cuando en sociedades como las nuestras las injusticias sociales vayan generando nuevas formas de marginación, entre las cuales una de las más graves es la marginación de la educación y del conocimiento.

Plantearnos estos tres dilemas de los que quiero hablarles entonces es para mí central en la medida que permite volver a preguntarnos por la índole del sujeto en cuyas manos está el conocimiento. El primero de estos dilemas atañe a la cuestión del significado de la naturaleza en la época en que nos toca vivir. Durante centenares de miles de años el hombre desplegó un enorme esfuerzo para abrirse un lugar en la naturaleza. A ese esfuerzo, a los resultados de ese esfuerzo, se los conoce, claro está, con el nombre de cultura. Pero lo cierto es que hoy nos toca enfrentar algo completamente inusual en el pasado, y es que por primera vez la naturaleza debe hacer un enorme esfuerzo para abrirse un lugar en la cultura. No es algo que ocurría, lo cierto es que hoy hay que luchar para que la naturaleza tenga algún lugar en el campo de la cultura, para que su sentido pueda ser replanteado y aun reconsiderado en términos de convivencia. Ver agonizar los ríos, la contaminación del ambiente y todos los fenómenos que nosotros conocemos en términos generales como polución tiene que ver precisamente con un avasallamiento de la naturaleza, que llevado a cabo de manera insistente y con el desenfreno que nosotros sabemos, redundó en buena medida en la evidencia de que la naturaleza agonizaba en infinidad de aspectos fundamentales.

Pero otra de las consecuencias de esa agonía advertida fue que el hombre mismo empezó a comprender que estaba comprometida su propia subsistencia porque él no era solamente el sujeto de ese objeto llamado naturaleza sino que él era también el destino corrido por su medio ambiente, nos ocurre lo que le pasa al contexto. Y con esto podemos empezar a descubrir algo sumamente importante a la hora de saber quién va a disponer de la tecnología. Empezamos a descubrir que nuestro cuerpo no se agota allí donde termina nuestra piel, somos también lo que no somos, lo que nos rodea, lo que nos circunda. Todo aquello que un poco ligeramente llamamos entorno es en verdad parte de nuestra intimidad. Somos contexto, somos lo otro, aquello que no somos. En esa medida, este descubrimiento de una alteridad que no es sólo circundante sino constituyente de nosotros nos permite advertir hasta qué punto es importante que recaractericemos la noción de cuerpo propio, lo que entendemos por cuerpo propio, lo que entendemos por identidad, más allá del clásico cogito en el que podemos tratar de situar el significado de lo que somos. Volver a preguntarnos por la naturaleza es en última instancia interrogarnos acerca de nuestro modo de entablar relaciones. Quién entabla relaciones con un contexto al que considera como objeto de dominio y quién entabla relaciones con un contexto donde puede replantearse el significado de su propio proceder, buscando un diálogo con todo aquello que, sin dejar de serle útil en términos de rentabilidad, debe también ser reconsiderado como aquello que interroga al hombre acerca de su modo de hacerse presente en el mundo.

No se trata apenas de hacer ecología. Si la ecología es el campo de un repertorio de expertos, si sólo es el campo de un repertorio de expertos en medioambiente, no vamos a estar mejor que cuando estamos delante de la labor de expertos de cualquier orden. El problema del conocimiento especializado, por un lado imprescindible para poder desarrollar una civilización como la nuestra, connota sin embargo ciertos riesgos que también vale la pena contemplar. El especialista es el que hace del fragmento un universo y del universo algo irrelevante. No sabemos muy bien qué quiere decir lo universal, pero la propensión a fragmentar el campo de lo real en zonas mensurables, cuantificables y previsibles, va acompañada normalmente de un creciente desinterés por las interdependencias y las interacciones, las interrelaciones entre lo propio y lo ajeno.

Otra broma encantadora y también de un inglés: Lord Eddington, uno de los más grandes físicos del siglo pasado. Eddington dijo una vez: "Todo físico sabe perfectamente que su mujer es un conjunto de átomos y de células: ahora bien, si la trata así la pierde". El problema es ese, hay que saber cuándo uno deja el laboratorio atrás, cuándo está fuera de él y cuando la complejidad de lo real no se reduce al cálculo, a la cifra y a los recursos de capacitación técnica que tenemos para abordarlo.

Un segundo problema que me parece importante plantear, junto con este de la naturaleza, y que atañe a la índole del sujeto que está situado ante la tecnología y que se reconfigura mediante la tecnología en el mundo de hoy, tiene que ver con el fenómeno del conocimiento en un sentido estricto. Digamos que nuestra situación en principio es la inversa a la que tuvo lugar en la Alta Edad Media. En la Alta Edad Media asistimos a un fenómeno que sucintamente podemos caracterizar así: profunda fragmentación geopolítica, auge de la cultura llamada feudal, esto es la fragmentación geopolítica, y un enorme esfuerzo "cosmovisional" desarrollado por el cristianismo en el intento de crear un concepto del mundo dentro del cual cupiese precisamente este repertorio de fragmentos geopolíticos que caracterizan a la cultura feudal. Creo yo que nuestra situación es inversa a esta. Hoy estamos en un mundo extraordinariamente integrado, lo cual no quiere decir ecuánime, desde el punto de vista de las comunicaciones, desde el punto de vista de lo que podemos llamar los contactos geopolíticamente hablando, pero asistimos a una formidable fragmentación, feudalización del saber en un sinnúmero de áreas, en un sinnúmero de campos, que no parecieran estar demasiado desvelados por el problema de la interdependencia recíproca.

Esta fragmentación, esta feudalización del campo del saber redunda en la aparición de esta renuncia a la búsqueda de integraciones que serían tal vez aconsejables en el momento en que estamos pensando en una cultura planetaria. Si el fenómeno de la globalización y de la planetarización es esencialmente desplegado por una mentalidad que ha hecho del segmento y del fragmento el centro de su inquietud, no sé en qué términos medianamente democráticos y pluralistas podemos llegar a entender la interdependencia.

Y una última cuestión que quisiera plantear porque también nos atañe, entre otras que sin duda son importantes, tiene que ver con el significado actual de la vejez. La nuestra es ciertamente una civilización que está reñida con la vejez, la ha desacreditado por completo, el transcurso del tiempo ha llevado a concebir al viejo fundamentalmente como un marginal. Nada se espera de él, nada se espera de su conocimiento, nada se espera de su palabra, es fundamentalmente un ser descalificado para convertirse en un posible protagonista del mundo en que nos toca vivir. Esta instancia residual del anciano aparece básicamente unida [...] Lo que quiero decir es que justamente la idea de que no hemos podido con el transcurso del tiempo, la idea de que no hemos podido inscribir nuestra condición finita en un marco controlable y de una rentabilidad incondicionada va haciendo con que la vejez se convierta para nosotros en una acusación ofensiva del transcurso del tiempo. Yo creo que si no logramos replantearnos este significado de la vejez, en una etapa de nuestra cultura en la cual hemos aprendido a durar más, pero no mejor, creo que vamos a encontrar serias dificultades, porque esto es también un área del conocimiento que nos atañe. El que tengamos más años ya se sabe que no es garantía de mejor calidad de vida, pero hemos sacralizado la duración en una infinidad de aspectos. Fíjense que es interesante pensar esto, nosotros queremos durar más y tratamos de que todos lo demás cambie rápido, el coche, la casa, la heladera. Todo tiene que durar poco, nosotros tenemos que durar mucho. Pero de durar se trata.

Interrogarnos en torno a estas cuestiones, el significado de la temporalidad con respecto a la vejez, el lugar que ocupa la naturaleza allí donde descubrimos que nos atañe íntimamente y no sólo contextualmente y replantearnos el problema de la relación entre transdisciplinariedad en el campo del conocimiento y saber fragmentario, es estar apuntando, me parece a mí, a algunas de las raíces que hacen al perfil del protagonista de la sociedad del conocimiento. Pueden ser cuestiones que en primera instancia no aparezcan como relevantes, pero el problema de fondo sigue siendo siempre este: qué sentido tiene crecer.

Y ahora...

¿Se ha interrogado usted sobre estas cuestiones? ¿Ha interrogado sobre ellas a sus alumnos? ¿Cómo haría para formular las preguntas, ordenar los datos de las respuestas por categorías y extraer luego conclusiones fundamentadas que permitan generar respuestas -aunque provisorias y parciales- adecuadamente informadas? Por mi parte, considero que este sería un medio muy eficaz para cumplimentar el desarrollo del famoso "pensamiento crítico", infaltable en toda planificación, documento, conferencia, apelación u ordenamiento de carácter educativo.