Estimados colegas:
Este trabajo está dedicado a todos aquellos maestros y profesores que se sienten intrigados o ansiosos ante los permanentes reclamos de "informatizarse". Para los que tienen poca o ninguna experiencia con la computadora, o para quienes ya estén dando los primeros pasos hacia la integración de las nuevas tecnologías a su práctica docente, la intención es acercarles una visión optimista y refrescante con el fin de alentarlos a iniciar la aventura o a continuarla, según sea el caso, con el mayor de los entusiasmos.
Quiero contarles que conozco de primera mano sus dudas y sus problemas por haberlos vivido yo mismo. En lo personal nunca he sentido temor frente a los artefactos tecnológicos, aunque comprendo a quienes vacilan ante ellos pensando que no podrán "dominarlos". Pero aun sin haber pasado por esa etapa también tuve, como ustedes, grandes dudas sobre cómo utilizar la computadora con mis alumnos, sobre qué era lo más conveniente hacer o dejar de hacer, sobre el valor pedagógico de los programas educativos, y en especial sobre los efectos que la intromisión de un aparato tan complejo en mi actividad docente pudiera tener sobre mi propio modo de enseñar y sobre el modo de aprender de los niños.
Por mi trabajo estoy en permanente contacto con muchísimos colegas y recibo a diario el relato de sus aventuras y desventuras con la computadora. De modo que toda esta experiencia sumada ha despertado mi curiosidad por encontrar una solución al problema que tantos tienen: integrar la máquina al trabajo de todos los días en el aula; sobre todo, integrar la tecnología al currículo de un modo natural, no forzado, de un modo lógico y razonable.
Probablemente hayan escuchado muchas veces rezongar al profesor de Informática de su escuela porque los otros maestros no se acercan a su sancta sanctórum o porque tiene que estar acicateándolos permanentemente para que lo hagan. Yo fui uno de ellos, y descubrí que no era falta de voluntad -en la mayoría de los casos- lo que hacía que mis colegas se mostrasen reacios a utilizar todos esos recursos que yo veía como de inestimable valor para la enseñanza, sino más bien la falta de al menos una experiencia exitosa de primera mano. Pero también encontré que no servía de mucho que esa experiencia fuese concebida por mí, el "especialista en Informática", y entregada como un regalo a la maestra de cuarto grado o a la profesora de Música. Era necesario que la idea surgiese de ellas, propia, original, espontánea, porque de otro modo siempre terminaban sintiendo que el éxito no había sido obra suya, y quedaban convencidas de que sin ayuda nunca sacarían nada bueno de las computadoras.
Al mismo tiempo que recorría este camino supe de otros maestros que, incluso en países donde sobran computadoras en las escuelas, preferían una modesta máquina sobre el escritorio antes que llevar a sus alumnos a la sala de Informática. Me comuniqué con ellos, conocí sus historias, y me asombró comprobar que no eran precisamente genios tecnológicos ni fanáticos modernistas. Muy por el contrario, habían hecho sus primeras armas con menos conocimientos técnicos que el promedio de sus estudiantes. Eso sí, los unía el convencimiento de que la computadora les facilitaba todo tipo de tareas, que era útil para las cosas de todos los días en el aula, y que además potenciaba sus clases de un modo increíble. Lo intentaron una vez, y ya no pudieron dejarlo.
Hoy quiero proponerles la misma solución que ellos descubrieron, modesta pero audaz: llevar una computadora al salón de clases. Una sola, no importa que sea antigua o que puedan disponer de ella tan sólo unas semanas al año. Una sola para ustedes y para todos sus alumnos. Y quiero proponerles que con esa sola máquina intenten ayudarse a enseñar y que ofrezcan a sus estudiantes una oportunidad, aunque sea pequeña, de aprender con ella. No me caben dudas de que en poco tiempo se abrirá para ustedes un mundo nuevo de inmensa riqueza pedagógica.
Las charlas que siguen tienen el propósito de explicar y justificar estas ideas de un modo que espero les resulte ameno. Ojalá les sirvan de inspiración y los inciten a atreverse.
¿Recuerdan cuando se decía que las computadoras terminarían reemplazando a los maestros? La realidad, apreciados colegas, es que estas asombrosas máquinas necesitan de nosotros para cumplir su destino de transformar al mundo por el conocimiento. Necesitan de la habilidad y del talento de los educadores para enseñar. Solas no pueden. Está en nuestras manos, entonces, el poder de cristalizar todas las promesas de cambio y progreso de las nuevas tecnologías.
Cordialmente,
Hugo M. Castellano
Maestro Normal Nacional
Fundador y Director de Nueva Alejandría
El portal de los educadores
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